domingo, 9 de agosto de 2015

Amor a la ciudad

Hoy, una tendencia mundial es la pérdida del amor a la propia tierra, al terruño. Las encuestas en países europeos revelan que sólo una pequeña parte de la población estaría dispuesta, ante la invasión de un pueblo enemigo, a defender con las armas la soberanía nacional.

Me pregunto cuáles serían los resultados de esas encuestas en México. ¿Estaríamos dispuestos a ir la guerra contra un ejército extranjero por defender a nuestra patria o ciudad? Un efecto negativo de la globalización es, sin duda, el sentirse más ciudadanos del mundo y la pérdida de arraigo en la propia tierra.

El amor al territorio también se ve amenazado por la atomización. La tecnología continúa aislándonos a unos de los otros, y provoca que construyamos nuestras vidas centrándonos más en las pantallas individuales que en la vida comunitaria. Hasta escuchar música y ver películas de cine son actividades que nos aíslan de los demás gracias a los audífonos y a las superpantallas que tenemos en casa.

Valoramos hoy más los derechos humanos individuales que la seguridad de las comunidades. El riesgo de esta pérdida de identidad y de amor a la tierra es que no estemos dispuestos a defender nada porque nos quedemos sin amor por nada; ni por la Iglesia, ni la cultura, ni por la ciudad, ni por el futuro para los hijos.

Hace unos días un grupo de visitantes norteamericanos llegaron a la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe, junto a la Catedral de Ciudad Juárez. Venían de Phoenix Arizona a visitar nuestra diócesis. Salí para darles la bienvenida y de pronto se acercó un hombre añoso, vestido de saco y corbata, que se ofreció, como guía de turistas, para darles un recorrido por ambos templos. “¿Puede hacerlo en inglés?”, le pregunté.

Me quedé maravillado por este personaje sacado de nuestro centro histórico que, en la lengua de Shakespeare, explicó con lujo de detalles el pasado de Ciudad Juárez, así como las particularidades arquitectónicas de la Misión y la Catedral. Los visitantes quedaron fascinados con nuestras raíces históricas y yo quedé más convencido de que los juarenses somos herederos de un pasado con mucho prestigio.

Durante las últimas décadas Ciudad Juárez ha tenido un crecimiento explosivo en su población por el desarrollo económico de la industria. Muchos de los que aquí nacimos y hemos vivido durante años, hemos visto con pesadumbre que, por promover el desarrollo económico, gobernantes y empresarios no han dado la debida importancia que debe tener la preservación de nuestros edificios históricos y espacios públicos como parte del fortalecimiento de nuestro amor a la tierra. La inmigración ha dificultado el arraigo a la ciudad, y la violencia de años pasados fue una profunda herida a nuestra honra.

Sin embargo durante los últimos años podemos ver, con esperanza y alegría, la recuperación paulatina de nuestros edificios históricos y espacios públicos. Ha sido notorio el interés de hombres de la política y de la empresa, de las instituciones así como de los mismos ciudadanos, por devolver a Ciudad Juárez el honor y el respeto de antaño. Un signo elocuente de ello son los trabajos de remodelación del centro histórico donde, poco a poco, aumentan los visitantes, se acercan los turistas, florecen nuevos comercios y más fieles vienen a la Eucaristía.

Es bonito sentirse habitante del mundo, pero es inmensamente más hermoso sentirse ciudadano de la patria y de la ciudad, donde están nuestras raíces. Porque es aquí, en nuestra tierra, donde vimos la primera luz, donde aprendimos a ser virtuosos. Es aquí donde están enterrados nuestros antepasados y donde han quedado los generosos sacrificios de grandes hombres que ennoblecieron la historia de nuestra ciudad. Quienes amamos a Ciudad Juárez tenemos la misión de preservar nuestra memoria histórica y defender nuestra identidad.

El venerable archivo histórico de la catedral es un monumento que recuerda, no sólo la vida de generaciones de juarenses que aquí vivieron, sino la fe con la que enfrentaron la vida, el culto, la piedad y los ruegos que han quedado inscritos en la Comunión de los Santos. Por ello su preservación y cuidado es una responsabilidad de la Iglesia diocesana. Sin raíces no podemos vivir. Alimentarnos de nuestra historia es darle el sentido a la vida.